El poder de la magia: Magic Johnson

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@JaviCanarion y el poder de la magia: Magic Johnson en la NBA

La magia es un arte que desde tiempos históricos ha asombrado al más escéptico de los seres humanos. Aún ahora, frisando la treintena y más incrédulo que nunca, me embaucan números de magos, ilusionistas y prestidigitadores sin llegar a comprender qué se escapa a la vista. Admiro a los más grandes más que por su habilidad en la ejecución de los trucos, por la capacidad de dejarme literalmente con la boca abierta, sin dar crédito a lo que acabo de ver, por más que tenga la absoluta certeza de que tiene una explicación plausible. Ahora lo sé, que todo es fruto de la mente y de su habilidad, que todo tiene una explicación lógica fuera de hechizos y conjuros. Lo más que puede suceder es que ansíe conocer el cómo lo hizo, una vez pasa el asombro y acierto a cerrar de nuevo las mandíbulas, tras el aplauso. Pero hubo un tiempo que ni siquiera pensaba en el “cómo”. Sólo me quedaba en la retina el maravilloso espectáculo del “qué”.

Atreyu y Fujur

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Es la maravillosa inocencia infantil. Cuando somos niños, y si hacen un esfuerzo quizá puedan recordarlo, los magos nos hacían sentir algo distinto. Quizá, y hablo ya con la imaginación echando a volar, nos hicieran sentir en un mundo paralelo, de fantasía, donde lo real se troca en irreal y todo es surrealismo, aun sin conocer por aquel entonces su significado. Todo es, en definitiva, magia. Por tanto es en las mentes de los más pequeños donde pueden quedar grabados con la firmeza de un punzón en la madera los recuerdos más cercanos a experiencias mágicas, fantásticas, irreales. ¿Quién no ha llegado a sentir el viento cabalgando a lomos de Fújur, el dragón de Atreyu en la Historia Interminable? ¿Quién no ha soñado que volaba como Peter Pan tras leer uno de sus libros en versión infantil? ¿Quién no pensó en que sería el primero en salir resolviendo acertijos de la película ochentera “Dentro del laberinto“? ¿Quién no ha pensado que en algún recoveco de su casa debía existir una entrada al imaginado mundo de los Fraggel Rock?

Son escenas y momentos que probablemente a muchos de ustedes, si tienen la edad suficiente, se les hayan quedado grabados en la memoria. A mí, que pese a la nula afición de mis padres bien pronto me entró la curiosidad por los deportes, hay algo que de pequeño se me quedó grabado como un tatuaje en la parte destinada a los recuerdos en el cerebro. Hablo del mejor mago que ha pisado jamás un estadio, una cancha, un ring, cualquier espacio deportivo. Un hombre que vestido de oro – y púrpura – hacía que contemplara boquiabierto sus fantasías con esos ojos como platos que sólo sabe poner un niño. Un jugador que me obligaba, tarde tras tarde en el colegio, a intentar imitar sus jugadas sin conseguirlo, pues nunca desveló sus trucos. Es tan humilde que ni él debe pensar que realmente hacía magia con sus manos, aunque como niño no me cabía ninguna otra explicación. Es el mejor baloncestista de todos los tiempos. Earvin Effay “Magic” Johnson. 

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Una de las pocas cosas por las que a veces pienso que me gustaría tener algún año más de los que tengo es por haber podido disfrutar íntegramente su carrera. Mis primeros recuerdos de él nunca he sabido establecerlos en una fecha concreta. Quizá 1988 ó 1989, es algo que ya nunca sabré. De lo que estoy convencido es que es el primer responsable de que me apasionen los deportes, ya que el baloncesto fue, hasta cumplida mi primera década de vida, el único deporte que practicaba y seguía por televisión.

Los inicios de Magic, sus primeros años, debieron ser muy parecidos a los de tantos y tantos jóvenes negros en la década de los 60: como poco, difíciles. Nació en 1959 en Michigan, un Estado de larga tradición automovilística. De hecho su padre trabajaba en una de las compañías punteras del país, la General Motors Company, mientras que su madre lo hacía en un colegio como camarera. Sus padres, concociendo sus puestos de trabajo, probablemente pasaran apuros para sacar adelante a sus 10 hijos, de los que Earvin ocupaba el sexto lugar. Por fortuna sí pudieron regalarle al pequeño Earvin Jr. su primer balón de baloncesto, que iría botando ufano camino del colegio.

Magic jugando en la Universidad de Michigan

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Aprendió a jugar en la calle, donde se forjan los buenos jugadores de cualquier deporte, algo que se está perdiendo en el rico e inseguro mundo occidental. A los quince años, cuando los demás estábamos pendientes de encender los primeros cigarros, beber los primeros calimochos, o aprender a ligar con las primeras chicas, él hizo la barbaridad de meter 36 puntos, coger 16 rebotes y repartir 16 asistencias en un solo partido. En otro golpe de fortuna, un periodista local estaba en la tribuna y escribió por primera vez su apodo en un periódico regional: Magic. Nunca un apodo fue tan acertado, y lo llevaría con orgullo el resto de su carrera deportiva.

Pese a que su fama había ya trascendido las fronteras de su estado natal, y varias universidades más acostumbradas a formar campeones le tentaban con sus programas de becas y estudios regalados, Magic decidió ser profeta en su tierra, y eligió la Universidad de Michigan State para cursar sus estudios. No se equivocó. Promedió 17 puntos, 8 rebotes y 7 asistencias por partido. En su primer año su Universidad ganó el título de conferencia, tras 11 años sin conseguirlo, siendo nombrado novato del año pese a caer en la final del Medio Oeste. En su segunda temporada no se permitió más concesiones, y llevó a su Universidad al título, frente, curiosamente, a la Universidad de Indiana, donde jugaría su postrer enemigo en la pista y segundo mejor jugador que he visto en mi vida, Larry Bird.

Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar

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Uno de los mayores triunfos de su carrera fue totalmente ajeno a él. Los Jazz, que antes de ubicarse en la mormona Utah, por aquello del baile de conferencias, se batían el cobre en la más musical Nueva Orleáns, cambiaron la posibilidad de elegir primero en el draft a los Lakers por un buen jugador que no llegó a estrella NBA, Goodriche. Por tanto, los Lakers eligieron a Magic como número 1 del draft, permitiéndole jugar al lado de jugadores como Scott, James Worthy y, todo el mundo en pie, Lew Alcindor (Kareem Abdul-Jabbar), otro de los más grandes de todos los tiempos, al que tristemente muchos sólo recuerdan por su cameo en Aterriza como Puedas. Juntos crearon una palabra de nuevo cuño, algo que sólo pueden hacer jugadores y equipos de leyenda, como el Dream Team o La Naranja Mecánica. Ellos crearon el Showtime, palabra cuya traducción literal más acertada podría ser “Es tiempo de espectáculo”.

Magic y Julius Earving

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Es exactamente eso lo que los Lakers nos regalaron a los amantes del baloncesto en los 80. Espectáculo, originalidad, diversión, una descomunal alegría plasmada en la sonrisa enorme, inmaculada, infantil de ese mago sin chistera llamado Earvin Johnson.
Magic, en su primer año en la NBA, contaba con 20 años. Cualquiera de nosotros, limitados mortales no tocados por el don de la Magia, íbamos de parque en parque con los botellones, depurábamos las técnicas nunca efectivas del ligoteo, y fumábamos más cigarros de los recomendables. Este fenómeno de la naturaleza ganó su primer anillo frente a los Filadelfia 76ers, que contaban en sus filas con otro enorme jugador, en pie por favor, Julius Erving, más conocido como el Doctor J. Los Lakers dominaban la serie pero su mejor jugador (aunque ya no lo fuese, en puridad), Abdul-Jabbar, se lesionó de gravedad la rodilla. Magic lo sustituyó. Y lo bordó. El base jugó como pívot en lugar de uno de los grandes de siempre para firmar unos estratosféricos 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias. Esto, damas y caballeros, no lo puede decir nadie en el baloncesto. Ni siquiera Airness Jordan, posiblemente el tercer mejor jugador que haya visto en mi vida. En el 81 firmó un contrato aún récord vigente de duración, 25 años con los Lakers por 25 millones de dólares. La fe que se le tenía era tanta que incluso el propietario despidió al entrenador ante las discrepancias surgidas con Magic. En el 82 sumó su segundo anillo frente a los Sixers de nuevo, campeones del 81. Y en el 83 los Lakers doblaron la rodilla en la final ante unos Sixers reforzados con otro animal de las canchas, Moses Malone.

Magic y Larry

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A partir de 1984 la NBA, que por aquella época era un animal herido, exhausto, moribundo, encontró su catarsis personal y resucitó cabalgando a lomos de una rivalidad antológica, que no ha pasado a los anales de la historia por el simple hecho que aún se escriben ríos de tinta sobre ella, y es tema de debate en cualquier conversación sobre baloncesto estadounidense: Las batallas entre los Lakers del Showtime y los Celtics del orgullo, entre Kareem, Worthy y Magic y su sentido del espectáculo, ante los guerrerós célticos Bird, McHale y Parish. Estos dos equipos consiguieron reflotar el devaluado sistema de la NBA convirtiéndolo en el firme espectáculo que es hoy en día. Reflotar toda una liga tampoco fue mérito de otros estupendos jugadores posteriores, por más que hayan venido más zapatillas con cámara de aire.

 

 

Magic y Bird

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En el 84, Celtics con un estelar Bird y en el 85, Lakers con un sublime Magic y Jabbar con 38 años se llevaron los anillos. En el 86 los Lakers se ausentaron de la final tras caer ante los Rockets de, pónganse en pie de nuevo, Hakeem Olajuwon. Magic aparte de fabuloso es luchador, y al año siguiente consiguió al fin el MVP de la temporada para llevar a los Lakers a un nuevo anillo frente a los Celtas de Boston. En el 88 consiguieron revalidad anillo, algo que no se conseguía desde hacía 20 años, frente a los Bad Boys de los Detroit Pistons. El equipo más duro de la Liga, fama conseguida con merecimiento, reyes del lenguaje basura en la cancha, de las técnicas más marrulleras, el equipo de Rodman, Dumars y Isiah Thomas, uno de los mejores bases que he visto nunca.

En 1989 Magic se lesionó en la final tras conseguir el MVP de la temporada, y los Pistons no perdonaron, llevándose el anillo. En 1991, tras una nueva lesión de Magic en la final, los Bulls de Pippen y Jordan se llevaron cómodamente la final. Pero no fue lo más relevante de aquel año en el mundo baloncesto. De nuevo Magic fue el protagonista, en este caso desgarrador protagonista. El 7 de noviembre apareció ante los medios, con semblante grave, para dar una noticia que hizo temblar los cimientos de la NBA. Su cuerpo portaba el temible virus del Sida. Era una época muy diferente a la de ahora, poco se sabía sobre este virus, y torrentes de críticas arreciaron contra Magic. Muchos jugadores se negaban a jugar contra él sólo por el temor al contagio por el sudor, fue repudiado por muchos sectores de la puritana sociedad norteamericana. Magic, compungido, relataba cómo el sentirse uno de los hombres más deseados de Los Ángeles había mantenido relaciones sin protección con infinidad de mujeres, a las que le encantaba complacer. De hecho nunca supo cuándo ni con quién lo contrajo, y debió convivir con él varios años antes de conocerlo. Se retiraba la Magia, aunque aún disputó un emotivo partido de las estrellas, donde fue el MVP, la narración de Ramón Trecet fue algo que siempre se me quedó grabado. La tristeza de saber que se iba un jugador irrepetible. Al igual que el triple que marcó frente a Thomas cansado, bañado en sudor y más entrado en kilos tras sus traumáticos últimos meses, después de dos defensas ante Isaiah y Jordan.

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Aún fue capaz de volver  en 1996 jugando una treintena de partidos dignos, con 36 años, en una demostración de superación ante la adversidad. Pero más allá del All Star del 92 y su breve reaparición del 96 su legado póstumo para el deporte fue ser la semilla del inolvidable Dream Team del 92. Convenció a lo más granado de la NBA para acudir a los Juegos Olímpicos de Barcelona, tras el desastre en Seúl de los universitarios frente a la Unión Soviética de Marchulenis, Tikhonenko, Volkov y Sabonis. A su llamada acudieron El Gordo Barckley, un lesionado Larry Bird, John Stockton, el Cartero Malone, el Almirante Robinson, La Cometa Drexler… para formar una alineación irrepetible, dejando sus últimos destellos mágicos sobre el parqué.

Si el baloncesto fuera un deporte táctico, donde primara la defensa y la pizarra sobre la imaginación y la diversión, probablemente Magic no sería el mejor jugador de la historia. Si el baloncesto fuera tenis, un deporte individual donde las simples características físicas de cada jugador determinaran el resultado, los mejores de la historia podrían ser LeBron, Kobe o Jordan. Pero el baloncesto, gracias a Dios, es un deporte en el que la base es el juego de equipo, la diversión. ¿Cómo no puede ser Magic el mejor de la historia, diciendo cosas como éstas?
– “No preguntes qué puede hacer por ti el equipo. Pregunta qué puedes hacer tú por él”.
– “La capacidad para hacer mejores a mis compañeros es lo que más valoro de mi carrera”.
– “Con una asistencia disfrutan dos jugadores, si la metes tu solo sólo disfrutas tú”.

 

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¿Cómo podría este jugador de eterna sonrisa y pases imposibles no encandilar a un niño pequeño, como era yo en aquel momento? ¿Cómo no retirar su camiseta púrpura y oro con el número 32 en el mítico fórum de Los Ángeles? ¿Cómo no rendirse ante el mejor mago de la historia? Hay programas televisivos que desvelan los trucos más sorprendentes de los magos paso a paso. Un prestidigitador con la cara oculta, no sé si lo han visto, explica con todo lujo de detalles dónde está el truco en cualquier actuación de magia.
Magic lo supera. Veo repetidas muchas imágenes: donde se le ve en su mítico gancho que valió un anillo ante McHale y Parish, dando asistencias sentado en el suelo, corriendo el contraataque como nadie lo ha corrido, dando pases mirando al tendido, jugando de pívot, siendo el mejor base que nunca existió con sus 2.06 de altura, metiendo triples increíbles que vuelan al aro mientras suena la bocina, machacando el aro finalizando un contragolpe, teniendo siempre en mente la asistencia más espectacular posible.

Pues bien, he visto las imágenes muchas veces, incluso a cámara súper lenta, y aún hay pases que por mucho que sepa lo que va a hacer, a quién pasará décimas de segundo después, yo, que he jugado muchos años al baloncesto, sigo sin ver a priori ese pase que ejecuta con maestría, siempre con una sonrisa de niño pillo en la boca, esa sonrisa que a mí y a muchos de mi generación nos dejaba cada vez que salía a la cancha a regalar lo más complicado de conseguir en este mundo tan racional: La Magia.

Un abrazo a ellos, un beso a ellas, y nos vemos aquí o en los bares, o en twitter @JaviCanarion

 

@JaviCanarion

Me llamo Francisco Javier, o Javi, o Pichi, o Canarión, y vine a nacer entre los lejanos pero audibles gritos de recios alemanes e histéricos italianos mientras se jugaba la final del Mundial de España ’82, muy cerquita del Bernabéu. Por tanto, tuve el privilegio que me acompañará de por vida, el poder decir que el equipo de mis amores, España, me regalase otro 11 de julio por mi 28º aniversario la Copa del Mundo desde Johannesburgo. Los diamantes y los Mundiales, son para toda la vida. Por lo demás soy de querencia merengue, y no me gusta el dulce, pero con el corazón bombeando sangre azul y amarilla de mi equipillo representativo de las Islas Canarias, la Unión Deportiva Las Palmas. Siendo de letras estudié Ciencias, y sintiéndome grancanario aún trabajo en Madrid. Me gustan los deportes, verlos, practicarlos, y ahora, escribir sobre ellos. Me encanta el fútbol, y adoro la noche. Y estoy realmente ilusionado con este proyecto en el que me he embarcado, lo juro, sin pistolas en la cabeza ni monos apuntándome con ballestas. Sólo espero que os guste la página, os gusten los artículos, y perdonéis mi limitada capacidad para escribir. Abrazos a ellos, besos a ellas, y nos vemos por aquí o por los garitos.

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