NBA: Un día en el United Center. Chicago Bulls – Orlando Magic

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@javicanarion estuvo presente en el partido de la NBA Chicago Bulls – Orlando Magic y describe el ambiente y las sensaciones allí vividas.

Chicago es una ciudad fascinante. Era mi segunda visita allí tras una boda inolvidable en julio y a la vuelta sigo teniendo la sensación de dejarme muchas cosas por ver y hacer allí, al margen de desear repetir casi todas las que ya he vivido. Dicen que tiene el mejor skyline de Estados Unidos, superior al de Nueva York en tanto que sus edificios están alineados a lo largo de la costa del Lago Michigan. Y he de decir, que las vistas desde el lago o desde el Soldier Field son inigualables, al igual que el paisaje urbano que se divisa desde la Torre Sears (ahora Willis Tower), la Torre Hancock o la Torre Trump.

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CompartirPasion: Soldier Field Chicago

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La “Windy City”, llamada así no por sus fuertes vientos, sino por ser una ciudad que se da aires, aires de grandeza, es una ciudad enamorada de sus equipos deportivos. Escasean las tiendas con recuerdos y souvenirs asociados a Chicago, mientras que proliferan las llamadas tiendas deportivas, donde se pueden encontrar artículos de las joyas de la corona del deporte local. En béisbol, los White Socks y los Cubs compiten por el favoritismo de los habitantes de la “Segunda Ciudad”. Los White Sox juegan en el Cellular Field, en la parte sur de la ciudad, mientras que los Cubbies lo hacen en el Wrigley Field, al norte del famoso Loop de Chicago. Los Chicago Bears de la NFL son el orgullo de su fútbol americano, como ya sabemos, allí llamado football, sin adjetivos gentilicios. Juegan en el Soldier Field, maravilloso estadio de la ribera del Lago Michigan, donde España empató a uno con Alemania en el Mundial de Estados Unidos 1994, con aquel TALGO (Tiro Alto y Largo de Goicoechea) que se comió Bodo Illgner.

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Nos quedan los equipos que juegan en el espectacular United Center, llamado así por la compañía aérea que tiene su sede en el Loop de Chicago y que opera con base en el aeropuerto internacional de O’Hare, lugar al oeste de la ciudad donde aterrizan o despegan más de 70 millones de personas al año. Los Chicago Blackhawks de la NHL son los vigentes campeones de la Stanley Cup, que es como decir que son los campeones del mundo de facto de Hockey Hielo. En un país donde este deporte con pocos goles y mucha rudeza es una religión, eso son palabras mayores. Su bandera de campeones, junto con todos los títulos anteriores de la Stanley y de conferencia que han conseguido cuelgan del techo del United Center para orgullo del pueblo del estado de Illinois… junto a las banderas de los anillos y de los campeonatos de conferencia conseguidos por los Chicago Bulls.

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Y es que el United Center muda de aspecto cambiando el hielo del hockey por el parqué del baloncesto según jueguen los BlackHawks o los Chicago Bulls. Allí es donde se disputó el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, a las seis de la tarde (una de la madrugada en España), el partido Chicago Bulls – Orlando Magic de la temporada regular de la NBA. Una entrada de 42 dólares nos dio acceso a la esquina del anillo superior más cercana al banquillo local. Llegamos con el tiempo justo, así que tras abrir las cortinas tupidas que dan acceso a la cancha, mirando ojipláticos a ese pabellón de cuatro anillos en la grada, 22.000 personas allí presentes, nos encontramos con el solemne himno de los Estados Unidos cantado en directo, con miles de dispositivos grabando el momento, con las gradas apagadas y los jugadores en una posición de respeto absoluto. Da cierta envidia el patriotismo estadounidense, más cuando se ve en directo.

El juego de luces del pabellón es digno de un concierto de Depeche Mode. Las gradas se apagan y encienden con luz rojiza estilo Bulls tenue, quedando sólo la pista iluminada, en un perfecto rectángulo de luz blanca. El marcador es de una época futura. Sostenido en el centro del pabellón, cuatro pantallas gigantes muestran el partido con las cámaras de televisión mientras en seis paneles en hexágono se apuntan las estadísticas de los dos quintetos en la cancha, con puntos, asistencias, rebotes, robos y faltas personales para cada número de dorsal.

Mientras el partido transcurre la gente está callada, salvo algúnos aplausos con las canastas locales o expresiones de asombro ante los mates o los pinchos de merluza. Las canastas visitantes son digeridas en el más absoluto silencio. De las 22.000 personas que había en el pabellón, sólo alcancé a ver a un seguidor de los Orlando Magic. Se juega tan seguido y a distancias tan grandes en ocasiones del equipo visitantes que la presencia de aficionados foráneos es nula. Todo el público o era de Chicago, o era turista como yo.

La diferencia de cómo se sigue el juego allí y en Europa es gigantesca. En Europa el público anima incansable a los jugadores. En Estados Unidos parece que el partido es lo que se juega mientras no hay tiempos muertos o descansos. Me recordó a las corridas de toros en San Fermín, donde el toreo es la excusa para pasar una tarde festiva y agradable. Allí parecía que el baloncesto era la excusa para ir al United Center a tomarse unos perritos y unas cervezas (escandalosamente caras), y ver el espectáculo que se crea en cada parón del juego. Tengo que decir que perdí la cuenta de todos los tiempos muertos, publicitarios o no, que sumados a los parones de finales de cuarto alargan el encuentro por encima de las dos horas y media.

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Y es que es en los parones donde la maquinaria estadounidense del espectáculo luce con todo su esplendor. En Chicago, su mascota Benny the Bull es el maestro de ceremonias, realizando bailes ofensivos a centímetros de los árbitros o de los jugadores de los Orlando Magic, lanzando a canasta de espaldas (parecía que hasta que no marcara no se podía acabar el tiempo muerto), sacando a gente de la grada para lanzar triples con los que obtienen vuelos por cortesía de United Airlines, tumbado en el suelo admirando las Luvabulls, las bellísimas cheerleaders de los Chicago Bulls, que desgraciadamente no hacían su aparición en todos los descansos. Otro toro mascota, este más cabezón y más grande que Benny, bailaba subiendo y bajando las escaleras de las gradas mientras los cañones de luz y la atronadora música convertían estos recesos en un verdadero espectáculo digno de ver.

Incluso durante el juego a veces continuaban pasando cosas ajenas a la cancha. Unos paracaídas pequeños caían del techo con regalos para las gradas, un animador salía de un vomitorio al azar y regalaba camisetas al sector de la grada que más ruido hiciera (la gente animaba más con esto que durante el partido, mi cara de incredulidad era un poema). Benny the Bull lanzaba camisetas a la grada con un cañón que hacía llegar los presentes hasta el cuarto anillo de la grada… Todo parecía destinado a que la gente no se aburriera… ¡¡Con el baloncesto en un partido de baloncesto!!

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Lo que más me sorprendió es lo que sucedió en el último cuarto. Tras el descanso y el espectáculo entre el tercer y el cuarto cuarto, la megafonía comenzó a hacer ruido y las pantallas mostraban imágenes grabadas de los jugadores de los Bulls… ¡pidiendo al público para que les animaran a ellos! Es decir, en Europa la gente anima a los jugadores. Allí los jugadores animan a la gente a que les animen… inaudito. Allí salía Pau Gasol El Grande, diciendo ¡¡OS NECESITAMOS CHICAGO!! mientras el locutor, el típico locutor que sale en todos los juegos de consola de la NBA que parece que es la misma voz en cada pabellón, animaba a los chicagüenses a hacer ruido. En las pantallas en este momento había una especie de audímetro ficticio que medía los decibelios mientras la gente trataba en vano (no era real) de tumbar la aguja hacia la zona de ruido infernal. Esto, segundos antes de retornar los jugadores a pista tras el descanso y los tiempos muertos. En cuanto el balón estaba en juego, de nuevo el silencio. Roto como siempre por la megafonía, y esta vez por un tímido Let’s Go Bulls, Vamos Bulls, o gritos de Defense, Defense (Defensa) cuando los Magic se pusieron a un punto.

CompartirPasion: Luvabulls

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Y acabó el partido, con los Chicago Bulls encajando un 14-0 cuando iban quince arriba y poniendo incertidumbre hasta irse de nuevo a cinco puntos en el último minuto. Buen partido de Joakim Noah, bien Butler, sorprendente partido de McDermott, muy bien Mirotic y despercibido Derrick Rose. El 92-87 final no permitió a los espectadores ganar un Big Mac en el McDonalds gratis con la entrada, que se regalaba en el caso de que los Bulls ganaran y metieran 100 o más puntos, hecho este que estaba debidamente anunciado en las pantallas del pabellón varias veces en el partido. ¿Y Pau Gasol?

Pau Gasol fue el máximo anotador (16 puntos, como Mirotic) y reboteador del partido, y por tanto el MVP para orgullo de este español que fue a animarle por encima de todos los demás (yo es que soy muy de los Lakers de Magic Johnson), que habló para las televisiones al lado del túnel de vestuarios de la esquina donde estábamos. Acabó el partido, disfrutado en la mejor de las compañías, y nos fuimos a ver el skyline de noche desde el lago, pasamos por Chinatown, vimos unos mapaches, nos acercamos al estadio de los Cubs, el Wrigley Field, comimos un perrito en las afueras del Oeste de Chicago y nos fuimos a dormir antes de volver a España. Una tarde inolvidable de NBA, donde intenté empaparme de cada minuto siendo consciente que estaba en un partido de NBA. Uno de los espectáculos más grandes del deporte mundial.

Un abrazo a ellos, un beso a ellas, y nos vemos aquí o en los bares, o en twitter @javicanarion

 

@JaviCanarion

Me llamo Francisco Javier, o Javi, o Pichi, o Canarión, y vine a nacer entre los lejanos pero audibles gritos de recios alemanes e histéricos italianos mientras se jugaba la final del Mundial de España ’82, muy cerquita del Bernabéu. Por tanto, tuve el privilegio que me acompañará de por vida, el poder decir que el equipo de mis amores, España, me regalase otro 11 de julio por mi 28º aniversario la Copa del Mundo desde Johannesburgo. Los diamantes y los Mundiales, son para toda la vida. Por lo demás soy de querencia merengue, y no me gusta el dulce, pero con el corazón bombeando sangre azul y amarilla de mi equipillo representativo de las Islas Canarias, la Unión Deportiva Las Palmas. Siendo de letras estudié Ciencias, y sintiéndome grancanario aún trabajo en Madrid. Me gustan los deportes, verlos, practicarlos, y ahora, escribir sobre ellos. Me encanta el fútbol, y adoro la noche. Y estoy realmente ilusionado con este proyecto en el que me he embarcado, lo juro, sin pistolas en la cabeza ni monos apuntándome con ballestas. Sólo espero que os guste la página, os gusten los artículos, y perdonéis mi limitada capacidad para escribir. Abrazos a ellos, besos a ellas, y nos vemos por aquí o por los garitos.

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