El curioso caso de Maurice Wilson

Wilson Portada

@jiNKampano nos relata la increíble historia de Maurice Wilson en el Everest. El excéntrico aventurero romántico de los años 30 que ansiaba vivir una aventura que pasara a la historia de la humanidad. Y lo hizo.

“Pero hay hombres para los que lo inalcanzable tiene un atractivo especial. Normalmente no son expertos: sus ambiciones y sus fantasías son lo bastante fuertes para arrinconar las dudas que hombres más cautos podrían abrigar. La determinación y la fe son sus mejores armas. En el mejor de los casos se los considera excéntricos; en el peor, locos […]
El Everest ha atraído a bastantes de estos hombres. Su experiencia montañera era nulo o muy escasa; ciertamente, ninguno de ellos poseía el bagaje que convertiría la ascensión al Everest en una meta razonable. Tres cosas tenían todos en común: fe en sí mismos, una gran determinación y aguante.”

Walt Unsworth, Everest (Cita del libro “Mal de altura”, Jon Krakauer).

Época donde llegar tan siquiera llegar a pie de una montaña o volar desde Nueva Inglaterra hasta Nepal eran, cuando menos, una utopía desconocida; a Maurice Wilson no le movieron ni la comodidad, ni la gloria deportiva, ni el afán de lucro que tanto condicionan a los deportistas en general y, expediciones al Monte Everest, en particular, en un mundo actual globalizado y comercializado. El excéntrico Maurice Wilson fue otra víctima del encanto del Everest y, probablemente, de su propia “locura”.

Nacido en el seno de una familia acomodada de la Inglaterra de 1898, a Maurice Wilson no le faltaba ni un ápice de las necesidades basicas -y no básicas- que necesita un hombre para su vida. A su padre, un empresario de la industria textil de Bradford, le iban bien los negocios y ese parecía ser el destino de este joven y buen estudiante de Yorkshire. Wilson tenía delante un futuro cómodo y felíz en una época donde el romanticismo por la aventura y la exploración estaban en su apogeo.

Wilson Avion 2

El espítiru aventurero de Maurice se pone de manifiesto y su vida da un giro de 180 grados cuando se alista en el ejército. Eran los primeros vestigios de que la vida simple y sencilla no estaban hechas para él. La Primera Guerra Mundial fue su destino; la cual le cambia la vida. Con apensas 18 años, un fornido y alto joven de Yorkshire, se va a combatir al frente. La disciplina, la valentía, el tesón se convierten en santo y seña de este joven inglés que llegara a conseguir rango de Capitán. Wilson ve la muerte de cerca, al igual que la viera su predecesor y mentor, George Mallory, en las lucha contra Alemania. Herido, es devuelto a su país, donde se recupera parcialmente de las lesiones físicas, aunque mentalmente ya nunca volvió a ser el mismo.

La vida de Maurice Wilson deja de tener sentido cuando abandona el ejército a finales de los años 20. Es consciente que la vida que para él estaba mostrada a sus pies en los negocios de su padre no le llenaban. Embrujado por la acción, tiene problemas para adaptarse a la sociedad y la desorientación y desmotivación aparecen en su vida. Físicamente más endeble por las heridas de guerra, realiza todo tipo de trabajos en el extranjero que le sustentan de manera óptima economicamente hasta la década de los 30, pero la frustración no se aleja de su mente y, una vez vuelto a su país natal, el “Loco de Yorkshire” está ronzando lo depresivo.

El destino quiso llamar a su puerta y darle una nueva oportunidad cuando vivió en las montañas de Escocia, en una cueva que con ayuda de un pastor habilitó. Practicó el ayuno tal y como había aprendido de los hindúes. El bueno de Maurice, ayunó intensivamente durante más de un mes, amén de las oraciones correspondientes. De manera milagrosa, Wilson se recuperó físicamente de sus secuelas y hasta el día de su muerte, su creencia en Dios y la fuerza de la fé, ya no le abandonaron. Sus más allegados pensaban que, más que recuperarse, se había vuelto loco del todo.

“¿Hasta qué punto el atractivo del alpinismo no radica en su simplificación de las relaciones interpersonales, su reducción de la amistad a una mera interacción (como en la guerra), su sustitución del Otro (la montaña, el desafío) por la relación misma? Tras una mística de aventura, resistencia , libre vagabundeo –necesarios antídotos contra las comodidades y la calidad de vida de nuestra cultura– puede haber una especie de negativa adolescente a tomarse en serio la vejez, la fragilidad ajena, la responsabilidad interpersonal, la debilidad en general, el lento y nada espectacular paso de la vida misma…”

David Robets “Patey Agonistes” Moments of Doubt (Cita del libro “Mal de altura”, Jon Krakauer).

En sus entrañas, Wilson iba cuajando de nuevo su naturaleza excéntrica y mística. Una naturaleza que afloró de nuevo cuando llegaron a sus manos y ojos varios reportajes sobre la expedición al Everest de Mallory e Irvine en 1924, reportaje que anexionaba otra expedición de Hugh Ruttedge sobre un avión. Ambas le sirvieron de inspiración para cercionarse que sus creencias divinas podían ser proyectadas y conseguir plasmarlo donde nadie había conseguido el éxito hasta entonces; el “Techo del mundo”, la cima del Everest. Inmolado por mandato divino, el bueno de Wilson comienza a expandir la oratoria sobre “la tarea que se me había encomendado y para la que había nacido” de una manera irracional pero bañada de fe.

Tan irracional como sus primeras ideas a cerca de conquistar la cumbre tirándose en paracaídas desde un avión cerca de la cima, hasta que trazó el plan que al final llevó a cabo; volar en avión hasta el Everest en solitario desde Inglaterra hasta el Himalaya y llegar lo más alto posible para luego realizar la escalada final. Una idea utópica, alocada, pero más cerca de ser real, o posible. Maurice Wilson, el “Loco de Yorkshire”, se propuso cruzar de contienente a continente en avión, para luego escalar en solitario del monte más alto del mundo. Un reto sin precedentes para el cual no tenía conocimientos ni de pilotaje, ni alpinismo. Sólo disponía de su fé y su tesón. Nadie conseguiría hasta los años 80 el reto de coronar el Everest en solitario y sin oxigeno; Reinhold Messner.

Wilson Avion

La locura de Wilson empieza a tomar forma en forma de Ever-Wrest, un aeroplano monoplaza al que bautiza con dicho nombre antes de empezar a aprender pilotaje con clases. Lejos de venirse a bajo dadas sus malas aptitudes para la aviación, Maurice obtiene la licencia y su sueño empieza plasmarse en realidad. La locura y a la vez agudeza de Wilson van en aumento cuando el británico comienza a hacer alardes de sus excentricidades para dar publicidad a su obra. Cada vez más conocido su personaje, “El pirado volador” empieza a entrenarse para el alpinismo; durante semanas se fue a Gales para escalar. Lejos de pensar que con montañas de 1000 metros de entrenamiento en el mejor de los casos estaba poco preparado para tal colosal aventura, el “Loco de Yorkshire”, que ya disponía de agente que le asegurara su presencia en la prensa, estrella su avioneta, prohibiéndole el Ministro del aire britanico viajar por su propia seguridad. Una prohibición que no obtuvo éxito.

El 21 de Mayo de 1933, Wilson pone rumbo hacia la India, saltándose la Ley. Su aeroplano queda en manos de Dios, y de su inexperiencia. La prensa británica hace eco de la noticia y las autoridades británicas apresuraron que no consiguiera su propósito. El tenzar aventurero, cruza Europa por Roma hasta llegar a Túnez. En Roma manda un telegrama para asegurar que lo de volar se le iba dando mejor y en Libia casi se estrella al quedarse sin gasolina por equivocarse en el repostaje. Las autoridades británicas siguieron en su empeño de pararle lo pies y consiguieron que no le dieran permiso para volar sobre Persia. Lejos de claudicar, Wilson vuela Bagdag sin mapas y se hace un un Atlas que le permite llegar a Bahréin, en el Golfo Pérsico. El consul británico vuelve a convertirse en un impedimento en el camino de Wilson y le impide repostar su avioneta. Finalmente, llega a un acuerdo; le dejarían repostar a condición de que volviese a Inglaterra. Wilson acepta la oferta pero volvió a saltarse las normas; una vez siguió su destino a la India traicionando el pacto.

Corresponsales del periódico británico Daily Express le dedicaron una entrevista que fue muy leída y comentada y se muestran más que contentos con darle cobertura informativa a su aventura. Entusiasmado consigo mismo da múltiples entrevistas donde hace declaraciones propias de un tipo excéntrico con una mente alejada de la realidad. Posteriormente, le requisaron su aeroplano en la India, para asegurarse de que no continuará volando. Asume que su viaje en avión había terminado y lo vende con la idea de proseguir su aventura por tierra firme pero su entrada a Nepal le es denegada sufriendo un nuevo contratiempo, teniendo que pasar el invierno en Darjeeling, prohibiéndole atravesar el Sikkim. Allí, entre oraciones y ayunos entabla amistad con Rinzing y Teiring, dos serphas que fueron con la última expedición británica fallida, los cuales deciden acompañarle, después de que varios sherpas le denegaran sus servicios de guía tomándole por loco.

Wilson

En la primavera de 1934, Wilson y los sherpas se disfrazan de campesinos escondiendo el equipo de alpinismo en sacos de trigo, para luego vestirse de monje tibetano. Cientos de kilómetros a través de los bosques tropicales de Sikkim hasta el Tíbet se interponían en su camino. La expedición atravesó ríos helados, aguantó intensas lluvias, tormentas de nieve invernales. Viajaban de noche para evitar la vigilancia de la frontera, sin entrar en las ciudades o poblados. Obsesionado con ser detenido, Maurice Wilson se hace pasar por sordomudo, dejando a los sherpas la interacción con el exterior.

Tras la brutal cifra de quinientas millas en un mes, y habiendo trasncurrido el invierno, Wilson y los sherpas llegan al Monasterio de Rongbuk, el famoso recinto sagrado de los lamas bajo del mismo Everest. A 5100 metros de altura y parada obligada en aquella época para ascender por la cara norte; la más compleja y por donde fue la expedición de George Mallory. El Lama les concedió una visita y bendijo al grupo mientras se escuchaba los cantos y oraciones de los monjes y le dan todo el equipo que la anterior expedición ha dejado atrás. En ese preciso momento había comenzado el punto culminante de su aventura y se esfuma como una estrella en el firmamento; sólo. Maurice Wilson estaba apunto de comenzar la escalada hasta el “Techo del mundo” en solitario y sin el equipo de avituallamiento que le habían ofrecido. Su obra estaba apunto de ser culminada.

“Crecí con una ambición y un arrojo son los cuales habría sido mucho más feliz. Pensaba mucho, y fui desarrollando esa pose abstraída del soñador, pues eran siempre las montañas remotas las que más me fascinaban. Yo ignoraba qué podía conseguirse a fuerza de tenacidad y poco más, pero el objetivo era muy ambicioso y cada tropiezo no hacía sino confirmarme en mi determinación de realizar al menos uno de mis grandes sueños.”

Earl Denman, Alone to Everest (Cita del libro “Mal de altura”, Jon Krakauer).

Maurice Wilson se adentra al glaciar antes de llegar a lo conocido como montaña del Everest y tras cuatro días en tierra de nadie, donde se mantuvo perdido dando vueltas por el mismo camino, regresó al monsaterio. Sus amigos y los monjes le vieron regresar en condiciones moribundas. A pesar observarse los primeros vestigios de su desánimo, las dificultades sucumbieron a la tenacidad y determinación del inglés, una vez más.

“Se que puedo conseguirlo”. En los adentros de Wilson el Everest se catapultaba como el destino inexorable que un ente divino le había encomendado. En un proceso mezcla de enajenación mental transitoria junto con un pellizco atractivo de alcanzar lo inalcanzable, deja todo preparado como si no fuese a volver. Partió nuevamente hacia el Everest dejando una carta que decía: “Asumo todas las responsabilidades en el caso de morir”. Esta vez, decide llevarse consigo a sus dos amigos sherpas para el ataque final.

En tres días habían llegado al Campo Base III, camino del Collado Norte. Wilson siente enfermar, debilidad y decaimiento. A mediados de mayo, una tormenta los retuvo una semana sin poder salir de la tienda y cuando prosiguieron el camino su estado ya era lamentable, sobre todo para Wilson que subía al límite de sus posibilidades. Su inquebrantable fe había dado paso a una apatía preocupante; Wilson no era más que un ser humano y como tal, sucumbe a la fuerza de la naturaleza. Ni siquiera era consciente de que estaba expuesto al Mal de altura y sus horribles dolores de cabeza eran consecuencia de ello. A semejante altitud, no existe fe, ni ente, ni fortaleza mental que pueda salir ilesa. El ser humano, siente morir.

Wilson Muerto

“Los aspectos más gratificantes del alpinismo se derivan de la importancia que se dan a la confianza en uno mismo, a tomar decisiones críticas y afrontar las consecuencias.
Sabíamos que corríamos riesgos; las cosas se nos han puesto en contra y, por consiguiente, no hay de qué quejarse. Sólo nos resta plegarnos a la voluntad divina y sacar lo mejor de nosotros mismos hasta el final.”

Robert Falcon Scott,
En mensaje al público en general,
Redactado justo antes de su muerte en la Antártida, el 29 de marzo de 1912
(Cita del libro “Mal de altura”, Jon Krakauer).

Maurice Wilson vuelve a intentar la épica para la cual había sido encomendado hasta que una pared vertical de hielo de más de treinta metros le conduce directamente a la realidad de verse resignado a su propio destino. Sus amigos sherpas Rinzing y Tiering declinan el último intento vista la realidad de la situación y vuelven al campo base, no sin antes persuadir al inglés para que volviese con ellos al Monasterio. Wilson, que estaba arrodillado a su propio destino, declina la oferta una vez más; “Aún he de hacer mi último intento para ser feliz”. Maurice Wilson no regresó. Rinzing y Tiering subieron hasta el inicio de Chang La; ni rastro del británico. Diez días después del 31 de Mayo, se le da por muerto a sus 36 años.

La expedición de 1935 formada por Eric Shipton, Charles Warren y Edwin Kempson encontraron los restos de Maurice Wilson en el glaciar de Rongbuk -Collado Norte-, un año después. Los expedicionistas dieron sepultura al genial aventurero envuelto en una bandera que Wilson tenía en mente colocar en el “Techo del mundo” y dejando su cuerpo sepultado en una grieta. La Madre del Universo, Chomolugma, quiso que el “Loco de Yorkshire” pasara a la historia como leyenda. Una leyenda que Shipton y sus compañeros se encargaron de certificar marcando el lugar del sinisestro con piedras para toda la eternidad.

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4 Responses to El curioso caso de Maurice Wilson

  1. Artículo a la altura de la épica de la historia. Final infeliz de un aventurero o un inconsciente, que no está clara la forma de llamarle. Quizá porque es ambas cosas a la vez. Lo de viajar en avioneta sorteando a la autoridad es de viñeta de Mortadelo y Filemón. Me ha gustado mucho esta historia que no conocía de nada, de este José Tomás del siglo XX. Él sabía en el fondo que su destino era morir en la montaña, y allí reposan sus restos para siempre.

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